
Podríamos definirla como una suerte de Zelig del lenguaje, pues el modo de articular su discurso fue cambiando notablemente con el paso del tiempo y también puede mutar en forma instantánea, de acuerdo al interlocutor que tenga adelante. En la década del 80, cuando era una pre-adolescente que empezaba a coquetear con el mundo del rock, fue la primera de su grupo de amigas en incorporar frases y palabras como “Al palo”, “Mató mil”, “Agite” y “Mosh”. Como es versátil, en esa misma época, también era la única capaz de relacionarse fluidamente con abuelas y tías viejas a través de oxidados giros lingüísticos como “Le arrastra el ala” y “Se hizo señorita”, sin escatimar, por otra parte, refranes amigables para la tercera edad como “De tal palo tal astilla”, “En casa de herrero cuchillo de palo” y “Aunque la mona se vista de seda, mona queda”. Su etapa de drogona fue una de las más fructíferas, pues hizo uso de todos los eufemismos, neologismos y viejas piezas del lunfardo vinculadas al tema. “Bajón”, “Charruto”, “Canuto”, “Papusa”, “Mandanga”, “Cobani”, “Taquería”, “Papel”, “Sedas”, “Liyos”, “Tripa”, “Bicho” y tantos otros. Pero por suerte dejó y, a fines de los 90, se anotó en psicología. Fue entonces cuando su fraseo se pobló de vocablos propios de esta ciencia y la conchuda jerguera nos puso al tanto de nuestro “Super yo”, nuestro “Edipo no resuelto”, nuestra dificultad para “Sublimar” y los miles de “Fallidos” que cometíamos por aquel entonces. Sin embargo, al pasar a Administración de Empresas, aquellos tics verbales fueron dejados de lado para dar lugar a una nueva forma de expresión de corte materialista. Comenzó a hablar de “capitalizar” energías, esfuerzos, trabajos o novios; de “optimizar” recursos, salidas o maquillajes y de buscar “motivaciones” a la hora de ganar plata, ir al gym o comprar zapatos. También cuenta con la sorprendente habilidad de recurrir a palabras como “Re editar”, “Cierre” y “Asamblea” si interactúa con periodistas, y puede abrumar con cosas tipo “Triglicéridos”, “Hormonas en sangre” o “Corteroides”, si el que habla con ella es un médico. Conoce, asimismo, decenas de modismos regionales que acopió con esmero en sus viajes por el país. Le dirá “poto” u “ocote” al culo y “B alta “, a la B larga, si está con un cuyano, y sacará a relucir palabras en guaraní si anda por el Litoral. Cuando se habla de sexo, la lengua se le pone turbia y recurre a las más deplorables analogías para referirse al coito: “Empernar”, “Empomar”, “Destapar la cañera (o canaleta)” y varios etcéteras que se omiten en favor del buen gusto. Recientemente, ha dado un paso más en la compulsión de hacer variar su arenga y ha creado una suerte de idioma personal en el que sus amigas con onda se llaman “Tutas”, los tipos lindos son “Suaves”, las chicas osadas son “Corazón de animal print”, las adictas a Internet “Corazón de mail” y las deportistas “Corazón de joguinetta”. Aunque siempre cae bien parada debido la empatía que surge de su capacidad de asimilarse dialécticamente con quien sea, la Conchuda jerguera deja una sensación medio triste. Nos recuerda a los camaleones de Animal Planet a expensas de científicos que experimentan con ellos para que cambien de color.